Muchos de los que vuelven al Perú tras una ausencia larga advierten el nuevo perfil que muestra el país. Incluso Vargas Llosa, que en tiempos recientes prolonga sus estancias en Lima, ha declarado que estamos en un país distinto y que habría que ser ciego para no darse cuenta de ello. Esa es la percepción que salta a los ojos, sobre todo al comparar la ciudad decadente que fue Lima durante los años 80, sitiada por el terror, sucia y desgobernada, con el rostro dinámico y moderno que asoma hoy en varios de sus distritos.
Lima es sin duda la urbe más beneficiada por el auge económico de los últimos años; en principio, porque al concentrar alrededor del 50% de la actividad productiva, ésta reditúa directamente en el ámbito geográfico de la capital. Pero también –y quizá más importante- porque en buena parte de sus municipios se ha producido un cambio generacional y de actitud administrativa que se refleja en gestiones que apuntan a la eficiencia. Barrios como Surco, Pueblo Libre, Magdalena, Jesús María y San Miguel son algunos de los que exhiben significativos logros para beneplácito de sus vecinos.
No ocurre lo mismo en el resto del país, donde pareciera existir la consigna de darle larga vida a la frase atribuida a Valdelomar, aquella de que “Lima es el Perú”. A resultas de este vicio los desfases se acrecientan y la voluntad provinciana prevalece a despecho del volumen de las arcas. Tal estado de cosas involucra culpas de diversa procedencia, por cierto, pero tampoco pretendamos tapar el sol con un solo dedo: si el interior del país se halla rezagado con relación a Lima es porque en sus instancias municipales y regionales todavía impera un centralismo mental que perversamente ampara la inacción y libra de responsabilidades.
Baste para graficar esta situación el caso de La Encañada, distrito cajamarquino de 20 mil habitantes cuyos ingresos por canon minero lo han convertido en uno de los más ricos por años. Los millones de La Encañada, sin embargo, no han servido para dotarla de escuelas decentes o una posta médica donde no falte lo indispensable. Ni siquiera para tender una infraestructura sanitaria elemental o para que sus calles luzcan pavimento y veredas. Pero sí –cosas de un mundo al revés- para construir una plaza de toros cuya capacidad duplica a la población y que solamente abre sus puertas durante las fiestas patronales.
Ante la ausencia de iniciativa y competencia, habitualmente sólo queda la vía del status quo. El país, sin embargo, no está para semejantes lujos. Convendría por tanto que aquellos gobernantes propensos al marasmo o resistentes al cambio asumieran el propósito de renovar sus estructuras mentales. Para provecho de ellos mismos, pero fundamentalmente para el de los ciudadanos que los eligieron, a quienes, valga recordarlo, están obligados a rendir cuentas.