Desde siempre la gran pregunta del ser humano ha estado en torno a buscar una
explicación convincente sobre sí mismo y su entorno: ¿Qué es
más importante, la idea sobre las cosas o las cosas mismas? La respuesta
fue, es y quizás seguirá siendo el clásico círculo
vicioso de qué es lo primero: el huevo o la gallina; es decir, qué es
lo más importante, la teoría o la práctica. Es en torno
a esta preocupación que surge en la historia de la humanidad la necesidad
de pensar ordenadamente, con criterio lógico.
En alguna oportunidad, al filósofo presocrático de la escuela Eleática,
Tales de Mileto, lo buscaban con cierta urgencia. Él, que estaba paseando
por los pasillos de su casa, contestó al emisario que estaba ocupado,
a lo cual éste inquirió por lo que estaba haciendo. El sabio contestó:
estoy ocupado, estoy pensando. Para mucha gente moderna,
pensar, leer, reflexionar, discernir, escudriñar, etc., se han convertido
en ocupaciones tediosas, casi aburridas. Y esto es, obviamente, la actitud de
una sociedad superficial, una generación que constantemente linda con
la mediocridad.
“Las ideas gobiernan el mundo”, reza una sentencia muy antigua y
con ello se quiere decir que es a partir de una buena capacidad de discernir
que se puede pensar, planificar y aplicar una determinada estrategia que permita
proceder con racionalidad y sentido común de humanismo. Así entendida
la filosofía no tiene por qué convertirse en una ocupación
ociosa, como han pretendido tildarla desde la antigüedad. El filósofo
o la filósofa son personas que han decidido proceder en la vida cuidando
que previamente se haya hecho un mínimo esfuerzo mental para prevenir
las consecuencias positivas o negativas que pudiesen sobrevenir como resultado
de una determinada actividad.
En esta perspectiva de buscar las bondades de la filosofía, es igualmente
importante resaltar que la filosofía es el arte de vivir bien.
De pronto nos encontramos en una sociedad enteramente conflictiva: familias que
se desintegran, gremios laborales que se boicotean, Instituciones que compiten
deslealmente, partidos políticos que se bombardean mutuamente, ciudades
eternamente rivales y países que se arman hasta los dientes. Todo esto
no por el prurito de perder el tiempo, sino por odios ancestrales e intenciones
alevosas de hacer daño o por envidias autodestructivas. Frente a todo
esto es necesario buscar espacios que nos permitan reflexionar y buscar los antídotos
pertinentes mediante la cultura de la paz, de la convivencia, de la fraternidad
cósmica.
La fraternidad cósmica nos platea que debemos tomar conciencia de los
problemas ecológicos, que son problemas emergentes y universales que derivan
de la manera de entender nuestras relaciones con el mundo, de nuestro estilo
de vivir y convivir. Es tiempo de luchar por la supervivencia no solo de nuestra
especie, sino del conjunto del cosmos. Esta fraternidad plantea crear una nueva
alianza entre el ser humano y la naturaleza, para trabajar en comunión
con ella y no contra ella. Es así que ahora se puede hablar de una filosofía
ecológica, que ya fue esbozada por Francisco de Asís en el siglo
XII al sugerirnos que también los animales y las plantas son nuestro hermanos.
Hace algunas semanas estuvo visitando nuestra capital el gran pensador Edgar
Morín, francés de origen judío sefardí que nos invita
a la necesidad de articular las diferentes disciplinas para, con ánimo
de hacer frente al papel que hoy deben desempeñar las Humanidades, proponer
una urgente reforma del pensamiento. En este sentido hoy, en el mundo de las
universidades, se sigue creyendo que las letras son diferentes o antagónicas
a las ciencias como tales. Eso es un error, pues según este pensador, “todos
los conocimientos revolucionarios sobre el cosmos, sobre el mundo físico,
sobre la idea de la realidad, sobre la vida y, por supuesto sobre el hombre provienen
de las ciencias en general, como categoría gnoseológica y epistemológica
globalizante”.
En nuestro país, la filosofía ha sido siempre relegada a un quehacer
poco práctico y nada productivo, pero nada más falso que eso. Un
sistema universitario que no tiene bien definido su quehacer intelectual en términos
de causa y efecto, esto es, de genuina motivación y magna finalidad, convierte
todos sus afanes académicos en un tecnicismo pueril e improductivo. Como
decía el escritor Miguel Garnett, las universidades en el Perú más
parecen escuelas técnicas que se dedican a formar no científicos
sino aficionados de mando medio. Es urgente inyectarle a la universidad la respectiva
seriedad y rigor científicos.
También la filosofía debe ayudarnos a realizar con éxito
nuestras relaciones afectivas, que según Sigmund Freud son el gozne de
la fuerza vitalizadora. Para este famoso psicólogo, la libido (fuerza
erótica estructural de cada ser humano), bien orientada y vivida hace
de las personas sujetos positivos en todas sus dimensiones. Al respecto, Rocío
Silva Santisteban ha dicho parafraseando a Edgar Morín que “en las
relaciones interpersonales mientras crece el apego se desintegra el deseo, y
que esto es el resultado de la mal tratada institucionalización del amor”.
En otras palabras, casi todas las relaciones humanas, entre otras las relaciones
conyugales, filiales, fraternales, paternales, etc., para ser equilibradamente
vividas, necesitan estar motivadas por principios axiológicos, que sin
descuidar la persona trabajen la alteridad para construir la comunidad, que es
la realización plena del bien y la paz sociales.
Filosofar, por otra parte, es dar razón de nuestra existencia, pero en
sentido positivo y constructivo. Un dicho que se pierde en los albores de la
humanidad dice: “El hombre cuando usa mal su razón, es más
bestia que cualquier bestia sea…”. También el quehacer racional
puede enrumbarse por derroteros totalmente pragmáticos y antihumanos.
Recordemos que las ideas del superhombre de Nietzsche fueron plasmadas en las
acciones criminales de Adolfo Hitler y otros dictadores de la historia. Los peores
actos de la humanidad siempre buscarán justificaciones maquiavélicas
y de hecho las encontrarán. Es en esta perspectiva que nosotros queremos
apostar por un pensamiento que defienda la humanidad y su entorno de los múltiples
peligros que la acechan. Peligros que pueden traducirse en devastación
ecológica, todo tipo de promiscuidades, pérdida del valor intrínseco
de la vida, mediocridad para cumplir nuestras obligaciones, etc. La filosofía,
definitivamente, es el arte de vivir en armonía con nosotros mismos, con
los demás y con la naturaleza.