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OPINAN LOS DOCENTES...

LA FILOSOFÍA Y LA VIDA

Por Tomás Abanto Urbina
Profesor de la facultad de Ciencias de la Comunicación UPN Cajamarca

 

Desde siempre la gran pregunta del ser humano ha estado en torno a buscar una explicación convincente sobre sí mismo y su entorno: ¿Qué es más importante, la idea sobre las cosas o las cosas mismas? La respuesta fue, es y quizás seguirá siendo el clásico círculo vicioso de qué es lo primero: el huevo o la gallina; es decir, qué es lo más importante, la teoría o la práctica. Es en torno a esta preocupación que surge en la historia de la humanidad la necesidad de pensar ordenadamente, con criterio lógico.

En alguna oportunidad, al filósofo presocrático de la escuela Eleática, Tales de Mileto, lo buscaban con cierta urgencia. Él, que estaba paseando por los pasillos de su casa, contestó al emisario que estaba ocupado, a lo cual éste inquirió por lo que estaba haciendo. El sabio contestó: estoy ocupado, estoy pensando. Para mucha gente moderna, pensar, leer, reflexionar, discernir, escudriñar, etc., se han convertido en ocupaciones tediosas, casi aburridas. Y esto es, obviamente, la actitud de una sociedad superficial, una generación que constantemente linda con la mediocridad.

“Las ideas gobiernan el mundo”, reza una sentencia muy antigua y con ello se quiere decir que es a partir de una buena capacidad de discernir que se puede pensar, planificar y aplicar una determinada estrategia que permita proceder con racionalidad y sentido común de humanismo. Así entendida la filosofía no tiene por qué convertirse en una ocupación ociosa, como han pretendido tildarla desde la antigüedad. El filósofo o la filósofa son personas que han decidido proceder en la vida cuidando que previamente se haya hecho un mínimo esfuerzo mental para prevenir las consecuencias positivas o negativas que pudiesen sobrevenir como resultado de una determinada actividad.

En esta perspectiva de buscar las bondades de la filosofía, es igualmente importante resaltar que la filosofía es el arte de vivir bien. De pronto nos encontramos en una sociedad enteramente conflictiva: familias que se desintegran, gremios laborales que se boicotean, Instituciones que compiten deslealmente, partidos políticos que se bombardean mutuamente, ciudades eternamente rivales y países que se arman hasta los dientes. Todo esto no por el prurito de perder el tiempo, sino por odios ancestrales e intenciones alevosas de hacer daño o por envidias autodestructivas. Frente a todo esto es necesario buscar espacios que nos permitan reflexionar y buscar los antídotos pertinentes mediante la cultura de la paz, de la convivencia, de la fraternidad cósmica.

La fraternidad cósmica nos platea que debemos tomar conciencia de los problemas ecológicos, que son problemas emergentes y universales que derivan de la manera de entender nuestras relaciones con el mundo, de nuestro estilo de vivir y convivir. Es tiempo de luchar por la supervivencia no solo de nuestra especie, sino del conjunto del cosmos. Esta fraternidad plantea crear una nueva alianza entre el ser humano y la naturaleza, para trabajar en comunión con ella y no contra ella. Es así que ahora se puede hablar de una filosofía ecológica, que ya fue esbozada por Francisco de Asís en el siglo XII al sugerirnos que también los animales y las plantas son nuestro hermanos.

Hace algunas semanas estuvo visitando nuestra capital el gran pensador Edgar Morín, francés de origen judío sefardí que nos invita a la necesidad de articular las diferentes disciplinas para, con ánimo de hacer frente al papel que hoy deben desempeñar las Humanidades, proponer una urgente reforma del pensamiento. En este sentido hoy, en el mundo de las universidades, se sigue creyendo que las letras son diferentes o antagónicas a las ciencias como tales. Eso es un error, pues según este pensador, “todos los conocimientos revolucionarios sobre el cosmos, sobre el mundo físico, sobre la idea de la realidad, sobre la vida y, por supuesto sobre el hombre provienen de las ciencias en general, como categoría gnoseológica y epistemológica globalizante”.

En nuestro país, la filosofía ha sido siempre relegada a un quehacer poco práctico y nada productivo, pero nada más falso que eso. Un sistema universitario que no tiene bien definido su quehacer intelectual en términos de causa y efecto, esto es, de genuina motivación y magna finalidad, convierte todos sus afanes académicos en un tecnicismo pueril e improductivo. Como decía el escritor Miguel Garnett, las universidades en el Perú más parecen escuelas técnicas que se dedican a formar no científicos sino aficionados de mando medio. Es urgente inyectarle a la universidad la respectiva seriedad y rigor científicos.

También la filosofía debe ayudarnos a realizar con éxito nuestras relaciones afectivas, que según Sigmund Freud son el gozne de la fuerza vitalizadora. Para este famoso psicólogo, la libido (fuerza erótica estructural de cada ser humano), bien orientada y vivida hace de las personas sujetos positivos en todas sus dimensiones. Al respecto, Rocío Silva Santisteban ha dicho parafraseando a Edgar Morín que “en las relaciones interpersonales mientras crece el apego se desintegra el deseo, y que esto es el resultado de la mal tratada institucionalización del amor”. En otras palabras, casi todas las relaciones humanas, entre otras las relaciones conyugales, filiales, fraternales, paternales, etc., para ser equilibradamente vividas, necesitan estar motivadas por principios axiológicos, que sin descuidar la persona trabajen la alteridad para construir la comunidad, que es la realización plena del bien y la paz sociales.

Filosofar, por otra parte, es dar razón de nuestra existencia, pero en sentido positivo y constructivo. Un dicho que se pierde en los albores de la humanidad dice: “El hombre cuando usa mal su razón, es más bestia que cualquier bestia sea…”. También el quehacer racional puede enrumbarse por derroteros totalmente pragmáticos y antihumanos. Recordemos que las ideas del superhombre de Nietzsche fueron plasmadas en las acciones criminales de Adolfo Hitler y otros dictadores de la historia. Los peores actos de la humanidad siempre buscarán justificaciones maquiavélicas y de hecho las encontrarán. Es en esta perspectiva que nosotros queremos apostar por un pensamiento que defienda la humanidad y su entorno de los múltiples peligros que la acechan. Peligros que pueden traducirse en devastación ecológica, todo tipo de promiscuidades, pérdida del valor intrínseco de la vida, mediocridad para cumplir nuestras obligaciones, etc.  La filosofía, definitivamente, es el arte de vivir en armonía con nosotros mismos, con los demás y con la naturaleza.




 

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