Pocos dudan de que detrás de la crisis
financiera que estalló hace quince meses
estuvo el apetito de lucrar más de lo
razonable. Dadas las condiciones artificiales
para adquirir bienes raíces, muchos
se lanzaron en pos de la casa soñada
y otros amasaron fortunas en tiempo récord.
Ya se sabe que para perderlas y arrastrar al
mundo a la duda generalizada con similar velocidad.
Es verdad que el capitalismo comporta problemas
desde siempre –el de la concentración,
por ejemplo-, pero tan cierto como ello es
que desde hace siglos los mentores del liberalismo
económico supieron que la creación
de riqueza tiene que estar orientada hacia
fines elevados.
Ya en 1772 Adam Smith, autor de “La riqueza de las naciones” y otros
tratados fundamentales, exponía que la ética debe estar inseparablemente
unida al capitalismo, pues de otra forma se desvirtúa y aleja del bien
común. Añadía que el enriquecimiento no podía ser
inescrupuloso y que debía sujetarse en todo momento a la legalidad y a
los principios morales.
Por estos días algunos mercados bursátiles de la región
asiática experimentan un calentamiento que de acuerdo a un informe de The
Wall Street Journal podría desembocar en una nueva crisis. Representantes
del Fondo Monetario Internacional se han referido al peligro de una escalada
en el precio de los activos en Honk Kong impulsada por condiciones de liquidez
de corto plazo sin relación con las fuerzas de la oferta y la demanda.
La advertencia es clara.
Si algo podemos rescatar de la crisis reciente es la oportunidad de enmendar
prácticas rayanas en el canibalismo, optando por una prosperidad con sentido
humano. En consecuencia habrá que estar alertas a cualquier indicio de
especulación y codicia, antítesis del capitalismo que preconizaban
los padres de la libertad.