Por Psic. Manuel E. Cueva Rojas
Coord. Tutoría
UPN Cajamarca
Nada acaba hasta que acaba
El semestre pasado, específicamente, en la décima semana, entrevisté a un estudiante que había obtenido tres T1 jalados, cuatro T2 jalados y en los exámenes parciales había sacado 07 en matemática, 06 en lengua, y 10 en psicología (en otros cursos aún no colgaban sus notas). Lo curioso es que el estudiante mostraba poca preocupación por estos resultados. Como respuesta decía: “no se preocupe profe, lo que pasa es que me he descuidado un poco, pero con el T4, T5 y examen final lo salvo”. Su inquietante tranquilidad me dejó reflexionando sobre este comportamiento, que no es exclusivo de este estudiante, probablemente podamos recordar a más de un estudiante.
Lo primero que se nos ocurrió en la conversación y comentario con mis colegas tutores es que a ello podría denominársele el “Síndrome Rocky Balboa”, ya que en la película, -emblemática en su genero, el boxeador es fuertemente golpeado en los primero rounds, casi tirado a la lona pero en el último round, se acuerda de su hijo o esposa, se escucha la canción “Ojo de tigre” de Survivor y el peleador mítico empieza a voltear la contienda ganando por knockout.
Lo primero que se me ocurre para comprender este fenómeno es repasar algunas elaboraciones teóricas. Primero tenemos a la idea del inconsciente colectivo. Juan Carlos Alonso en su libro “La psicología Analítica de Jung y sus aportes a la psicoterapia” manifiesta que Carl Jung “descubrió que varios contenidos de los pacientes guardaban similitudes con temas mitológicos y religiosos del pasado cultural de los pueblos. Eso lo llevó a pensar que se trataba de la influencia de componentes colectivos que podían manifestarse de manera simbólica en eventos especialmente intensos”. Una suerte de que la persona está sujeta al designio del mito. Este “pobre” estudiante tendrá que ser desaprobado al inicio para que luego en un esfuerzo sobre humano demuestre su real potencialidad. Está en su destino sufrir para luego alcanzar la gloria.
Investigadores como Fernando Pedraza y sus colaboradores desde el marco teórico de la terapia narrativa dicen que “las personas, a través de relatos y discursos, dan sentido y significado a sus vidas y relaciones, modelándolas”. En ese sentido, el mito sirve para dar lógica y sentido a sus comportamientos poco coherentes. Es decir el estudiante construye un relato en el que su último esfuerzo consuma y logra, lo que todo un proceso de enseñanza – aprendizaje, de 18 semanas de participación activa, requiere.
La teoría conductista nos diría que probablemente este estudiante haya aprendido, de manera directa o por observación, que dejando las cosas para el último y poniendo un poco de esfuerzo en esta fase, va a poder conseguir recompensas como aprobar el curso, y gozar de reconocimiento, o de compasión por sus compañeros y profesores. (Cosa bastante común, si no, algunos hagamos memoria) Además que se beneficiará con una dosis de adrenalina que un riesgo, como el de jalar un curso, le proveerá.
La Teoría Cognitiva nos dice que detrás de ese comportamiento hay pensamientos que lo activan, pensamientos como “lo importante es aprobar”, “la vida no solo es estudio, principalmente es diversión”, “lo malo de obtener un título profesional es tener que estudiar por él”, entre otros. Además de que entren en juego distorsiones cognitivas como el Sesgo Confirmatorio en el cual la persona resalta elementos de la realidad con tal de que se ajusten a lo que establece como verdad. O la Sobre Generalización que apela al uso irreflexivo de términos como: siempre o nunca. Esto me hace recordar que el estudiante planteaba: “No se preocupe profe, en el colegio también me ha pasado y al final nunca he desaprobado” “Siempre al final me va bien”.
Lo cierto es que este estudiante al final del ciclo no ha podido aprobar los cursos que decía iba ha aprobar, de hecho ha jalado matemática y Lengua. Se dio cuenta de que muchos conocimientos que no pudo lograr en las primeras semanas, le eran necesarios para las ultimas evaluaciones y no pudo lograr “el knockout” esperado, a pesar de las muchas amanecidas en las últimas dos semana. De hecho, dejar las cosas para el último, es una de las estrategias para tener resultados mediocres, y asegurar el fracaso, salvo situaciones excepcionales de suerte.
El “Síndrome de Rocky Balboa” lo hemos comentado con los docentes y en algunos casos nos hemos lamentado y en otros nos ha causado gracia recordar a estudiantes que lo han “padecido” el ciclo pasado. El otro día yo estaba apurado en recopilar la información que debía enviar a Trujillo como parte del informe de tutoría. Un amigo docente de la universidad, al verme un tanto estresado y desencajado con la tarea, me dijo: que pasa profe, está con el síndrome de Rocky Balboa!